martes, 27 de enero de 2009

El norte es increíble


Cambiando radicalmente de tema, hace poco tiempo tuve la suerte de visitar el norte argentino. Desde San Miguel de Tucumán hasta Humahuaca, recorrí un montón de lugares increíbles y conocí mucha gente que me abrió la cabeza.

Si hay algo de lo que me dí cuenta en este viaje es que los lugares no los hacen los paisajes solamente, sino también la gente. Encontré la gente más humilde, y más alegre de todas.

Ser pobre, según el Diccionario Enciclopédico Espasa, es un adjetivo que implica ser "necesitado, menesteroso y falto de lo necesario para vivir o que lo tiene con mucha escasez". Quizás tengan mucho menos de lo que nosotros consideramos necesario para vivir, pero tienen cosas impensadas para un citadino. Tienen compasión, lealtad, amor por el prójimo...

Aprendí mucho, me llevé miles de ejemplos. Les cuento uno. Estábamos en San Isidro, un pueblito muy chico ubicado a 7 km. de Iruya (provincia de Salta). El pueblo no tiene todavía luz eléctrica, y decidimos pasar la noche. La señora nos cobró 10 pesos por persona y dormimos en las mejores camas de todo el viaje, rodeados de un paisaje de ensueño. De noche se podía "escuchar el silencio" como dicen algunas poesías. Nunca ví un cielo tan estrellado.

El hecho es que encargamos 30 empanadas para comer entre 10, y como nos quedamos con hambre, fuimos más tarde a comprar más. La señora, con todo respeto, nos dijo que ya era demasiado tarde. Priorizó su noche de sueño frente al dinero.

Otra cosa que me llamó la atención fue que al otro día a la mañana vino un señor mayor a comprar cerveza. La casa donde nos hospedamos tenía una despensa y vendían bebidas, pero la dueña de casa le dijo al señor que no le podía vender porque había hablado con la mujer y ella le había pedido que no le venda. El borrachito se quedó sin su bebida gracias a la buena voluntad de la mujer que no priorizó el dinero sino la salud de este hombre. ¡Cuántos ejemplos a imitar que ví!

En la ciudad muchas veces nos consume la desconfianza. Miramos con recelo al que tenemos al lado porque no sabemos si nos puede robar, golpear, violar... Ese sentimiento me agobia y me agota. Me saca las ganas de vivir en los grandes centros urbanos. Cada año veo que ganamos en comodidades, en servicios, pero perdemos drásticamente calidad de vida. La sociedad toda vive enferma de miedo, de desconfianza, de avaricia, de celos, de envidia, de violencia. Y todo eso se manifiesta en todos los estratos sociales, no solamente en los más pobres. Empecemos a condenar esas enfermedades. Tratemos de medir más nuestros actos. No corramos tras el dinero sin pensar un segundo en el de al lado, pisando cabezas a nuestro paso. No matemos con nuestra indiferencia. Seamos solidarios, pensemos en el otro. Quizás son palabras que de tanto escucharlas, nos volvemos insensibles. Pero hoy, más que nunca hace falta gente con valores. Podemos ser nosotros o podemos seguir pensando que nuestros hijos van a cambiar el mundo...

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